Acto VII
Acto VII
“La aflicción del escritor”
Precisamente ese día comenzó la temporada de monzones y gélidas tormentas, tal cual como ella lo había predicho, oponiéndose a todas los comentarios de los expertos meteorólogos que salían a vaticinar los cambios climáticos que vivirían la población de Japón ese día de abril. Ellos decían a todas voces, que ese día sería el último de una larga onda de calor que inesperadamente había azotado al pueblo nipón mucho antes del singular verano. Por lo que la mayoría de la población salió a la calle con ropas que no les hicieran sudar mucho, poco abrigados y desprovistos de paraguas o impermeables que evitaran que se mojasen hasta los huesos. Sin Embargo Mina Fuyusuki no lo hizo así, fue precavida y preparó a su hijo para lo que ella llamó claramente el día más lluvioso del año. El muchacho no le hacía mucho caso, de hecho se puso de actitud pendenciera cuando su madre lo abrigó y viendo él los tremendos rayos de luz que el sol estaba proyectando a cada rincón de las calles de la ciudad. La mujer ayudó con el maletín que su hizo se llevaba a la academia, y de forma discreta le guardó un pequeño paraguas, se rió al hacerlo, pues se imaginaba lo molesto que se colocaría su amado y único hijo al encontrarlo. Antes de que se fuera lo vio a los negros ojos, esos que muchas veces vio llenos de tristeza, después que ella pasara largos días fuera de casa en sus giras musicales, ciertamente el chico no era feliz al lado de su padre.
La mujer besó la frente de su hijo de manera intensa, lo abrazó como nunca lo había hecho, y como si no fuese a hacerlo jamás, y precisamente eso iba a suceder, pues esa mañana Mina Fuyusuki había tomado la firme decisión de suicidarse. Tenía todo perfectamente planificado, y no se echaría atrás, sentía que su tiempo allí había acabado, que ya no podía hacer más nada, y ni siquiera el tener a su querido hijo le propiciaba ganas de continuar, su vida, desde su punto de vista, perdía cada segundo en la tierra, sentido y forma. Se odiaba a si misma por ser tan débil y cobarde.
Mina, despidió a su hijo una vez más, lo llevó hasta la limosina de la familia, vio el coche arrancar y perderse de vista, volvió dentro de casa e hizo sus actividades cotidianas. Ordenó algunas cosas en su dormitorio, fue a llevar ropa limpia y doblada a la habitación de su hijo, allí en ese colorido dormitorio estuvo un rato, y lloró, nostálgica. Se recostó en la cama de su hijo y aún así no cambió su postura, por más daño que le fuese a causar, era más lo que sufría viva que lo que produciría muerta.
Así pues ese día que habían pronosticado un calor infernal, comenzó a llover, de manera precipitaba, desesperada, como si la naturaleza quisiera castigar al hombre por creerla predecible, sinceramente, Mina al mirar por la ventana, pensó que los humanos pueden ser así de impredecibles todo el tiempo, puede que alguien esté acostumbrado a otro, que siga un patrón, una rutina, cuando de pronto, quiere cambiar, ella amaneció con un sentimiento de desigualdad, con tristeza, con una aprensión abdominal que no soportaba y que el tiempo había aumentado haciendo casi imposible de tolerar y entonces fue con esa desolación inacabable que subió las escaleras, de dos en dos, de tres en tres, mientras lo hacía, oía como su ser le gritaba que se retractara, sentía como su instinto de supervivencia tenía un encuentro con su firme decisión de morir y ambos ahora batallaban, donde el ganador se haría con la vida de la desdichada mujer.
Entonces al llegar a su dormitorio, la desesperanza afloró, las lágrimas no se hicieron esperar, y en el preciso instante que cortaba sus muñecas vio ante sus deslucidos ojos a su hijo a través del tiempo, ese a quien no volvería a ver, el que no vería hacerse un hombre y alguien en la vida… ¿Lograría salir adelante con ese padre que le tocó? ¿Ese despreciable ser que la llevó al callejón sin salida donde se encontraba? La sangre se derramaba poco a poco, Mina cayó al suelo, deshecha, más antes de morir debía escribir a su esposo y a su hijo…. A su amado Gendo.
Se movió de forma lenta hasta su cómoda, tomó su diario y con una rapidez sorprendente escribió una nota suicida, una singular nota en donde se despedía de manera cruel de su esposo y de su hijo… Lloró de nuevo… ya no valía la pena hacerlo, un último acto de debilidad, y allí en medio de la habitación rodeada de un charco de sangre, Mina Fuyusuki yació, muerta, tras suicidarse.
Sería un día de verano por adelantado, según las noticias el último en mucho tiempo, pero tal cual como su grandiosa madre había presentido ese día llovió. Dio gracias al cielo que tenía a una madre tan precavida. La amaba con todo su ser, y que feliz era cuando ella llegaba del trabajo, se ausentaba tanto por sus conciertos, eso le devastaba, el pobre Gendo vivía triste e infeliz con su padre, un hombre intransigente hasta un punto inflexible. Lo odiaba, profundamente, aunque nunca se lo hubiese expresado en voz alta, más bien, nunca en su vida habían hablado como la palabra manda, conversación entre Gendo y Kotaru Fuyusuki, era un término, pensaba el adolescente, jamás se realizaría bajo ninguna circunstancia.
Gendo salió temprano de la academia de escritores, y bajo la torrencial lluvia volvió a su casa, contento, pues encontraría a su madre, hablaría con ella de todas las cosas hechas y por hacer, y también le comentaría que deseaba pasar las inminentes vacaciones de verano en Inglaterra, o Francia, lugares que siempre había querido visitar, y siendo irónico su padre teniendo filiales de su compañía teatral en dichos países, el nunca los visitaba.
Al llegar a casa corrió por el vestíbulo como cuando era un niño y buscaba a su madre, vio hacia ambos lados de la estancia pero no la encontró, un rápido sentimiento de desesperación lo arropó, pero se deshizo de ese pensamiento porque sabía que su madre lo esperaría allí en la casa. Se preguntó dónde estaría su madre, se le ocurrió pasados unos minutos mientras dejaba sus cosas en su habitación, tal vez estuviese dormida, así que salió de su cuarto, cruzó el pasillo velozmente, y abrió la puerta der dormitorio de sus padres.
La respiración se le trancó de golpe, no entendió lo que sucedía al instante, pero si sabía que algo malo pasaba, su madre estaba manchada y rodeada de sangre, corrió hacia ella y la movió, le tocó el rostro pálido, la volvió a agitar y gritó su nombre con desesperación, pero ella no reaccionaba, Gendo comenzó a llorar, y a gritar a la vez, la agonía lo consumía, abrazó el cuerpo de su madre, se llenó de su sangre sollozando sin control. Los gritos del muchacho llamaron la atención de los empleados, quienes rodearon a Gendo y no lo pudieron calmar, sus gritos sobrepasaban las paredes, las traspasaban, su dolor impregnaba las paredes de toda la casa… El chico aún lloraba cuando su padre llegó, y éste haciendo un gesto de desdén ordenó a que se encargasen del asunto y se fue sin más.
La lluvia que caía al día siguiente era más que torrencial, no dejaba nada a la vista, y los asistentes al funeral de aquella preciosa mujer se refugiaban en una amplia carpa de color beige, de postes finos color dorado. Dentro, se habían colocado varias hileras de sillas plegables, en donde descansaban los familiares más cercanos a la fallecida. La urna reposaba en el medio de la carpa, era blanca, pulida, hermosa, haciendo gala de lo irónica que podía llegar a ser la vida, pues en medio de tanto llanto, dolor y devastación, se podía hallar un objeto de tan grande magnificencia y belleza, que era apuntado desde arriba por una luz tenue.
El féretro, también estaba engalanado con algunas inscripciones ininteligibles para muchos de los asistentes al evento. Cerca, muy cerca del cofre donde reposaría para siempre el cuerpo inerte de la mujer, se encontraba un joven bastante afligido y conmocionado. Sin poder dilucidar si lo que vivía en ese momento era cierto, o simplemente pertenecía dicha situación a un mundo de terroríficas pesadillas, que a veces siendo recurrentes le perseguían noche tras noche.
Él no vestía de negro como todos en general. Traía un kimono completamente blanco con un cinturón verde esmeralda para simbolizar los dulces ojos de su madre. Esos que no tendría jamás. Llevaba las manos entrelazadas, la mirada clavada en el suelo y su respiración no era perceptible. En un movimiento rápido, colocó su mano derecha en el ataúd y empezó a recorrer cierta parte de la superficie de mármol, preguntándose que sería ahora de su vida, pues sabía a la perfección que su padre no lo amaba.
Sacudió su húmeda nariz, se enjugó los hinchados ojos y con la mano izquierda se agarró el pecho pues de pronto sentía que se le dividía en dos partes. Su vida se desmoronaba de forma veloz y no podía hacer nada para evitarlo, el destino no le daba tregua ¿Acaso había nacido para sufrir? ¿Era ese el camino a recorrer para el joven Fuyusuki Riotaku?
Su vista volvió a nublarse al tiempo que emprendía a sollozar sin parar, gimoteó y soltó lágrimas como si de un grifo de agua descompuesto se tratase. Recordaba las palabras de la nota de su madre, todavía ardían en su pensamiento como brasa al rojo vivo, su madre se había ido para nunca regresar, ya no eran las largas giras de conciertos que los separarían, ya no podría albergar la esperanza de volver a verle después de sus jornadas de trabajo. Ella no giraría el pomo de la puerta otra vez para ir a su encuentro y abrazarle, mimarle, decirle cuanto lo amaba. No había más esperanzas, la eternidad se interpuso, la vida se acabó y el poco trecho de paz que mantenía al muchacho cuerdo, se reducía a nada. Y es que todavía no podía hallarle el significado a las palabras de su madre, por más vueltas que le daba, no encontraba la razón de su suicidio, no sabía porque se quitó la vida sin más.
Lo sé… entiendo perfectamente que soy la culpable de todo, Kotaru… yo lo provoque y se me fue de las manos, no pude hacerme cargo, la vitalidad se fue de mi lado, la dejé largarse como si nada. Ahora, tras mi equivocada decisión tengo esta cicatriz de muerte, de la cual me arrepiento cada segundo que pasa… no por ti, eso jamás, pues todo lo que me importa en este mundo, para ti ha perdido su genuino valor, a lo mejor, nunca significó nada. Es tiempo de volver al polvo del cual surgí. Desearía volver en el tiempo y enmendar las cosas y jamás ser responsable de hacerte llegar aquello que tanto soñaste e idolatras. Sin embargo ya nada puedo hacer, sólo hacerme a un lado y respetar a tu verdadero amor, eres libre Fuyusuki, corre tras las luces que te llaman de manera constante. Nunca podremos olvidar el pasado Kotaru, tú no te desharás del orgullo y yo nunca podré negar el amor que tuvimos, sin embargo ya lo que era feliz ahora es un infierno, mi amor se ha secado como el tronco de un viejo árbol y el mundo ya se ha terminado para mí. Estoy muriendo por dentro, y mi amado Gendo quedará desprotegido… te amo hijo… aunque con esto esté demostrando lo contrario, espero que algún día puedas perdonarme hijo hermoso, yo te he dado un duro golpe y traicionero, pero es lo que debo hacer, la tristeza se ha cernido a mi corazón, y se resiste a soltarlo, simplemente Gendo… debo… irme…
Los sollozos no paraban, el joven se tapó la boca con ambas manos, se arrodilló junto a la urna y empezó a temblar desconsoladamente. Entonces alguien le colocó una mano pesada en el hombro, el chico dejó de sollozar por un instante, no le fue necesario voltear para saber quién era la persona que lo agarraba, únicamente un ser en todo el funeral podía transmitir tanta frialdad y aprensión con un toque. Los dedos se ciñeron entorno al hombro y poco a poco aumentaban la fuerza del agarre, indicándole que debía dejar de llorar, había sido suficiente el espectáculo, la demostración de dolor y aflicción. Kotaru Fuyusuki no podía exponer su apellido y prestigio más de lo debido. Así que, su sensiblero hijo no lo estropearía todo.
A Gendo se le escapó una última exhalación melancólica, limpió su rostro mientras se levantaba del suelo, trataba de calmarse, y en el momento que giró la vista para encontrarse con el lívido, inconmovible y ya siniestro rostro de su madre muerta, apretó la mandíbula, el estómago le dio un vuelco y clavó la vista en la grama. Gendo miró de reojo a su padre y se encontró con el semblante de piedra de aquel hombre que nunca en su vida le había dedicado palabras de cariño. A una distancia considerable se hizo escuchar el rumor de varios relámpagos, Gendo se sobresaltó, volvió a limpiar su cara y apretando su pecho dejó de llorar, cerró el sentimiento que lo acongojaba, no podía llorar más allí en el cementerio, donde sabía que avergonzaba a su progenitor.
Sin embargo, la firme medida del muchacho se quebró medio minuto después de tomada. Gendo no pudo controlarse un segundo más cuando con horror observó que la urna empezaba a descender centímetro a centímetro hacia una fosa. Un nudo se hizo en su garganta, las piernas le temblaron haciendo que perdiese momentáneamente el equilibrio, el chico dejó escapar un grito de horror, se sintió desfallecer, corrió hasta el ataúd, cayó de bruces junto a éste y tomándolo quería impedir que continuase bajando, pero el esfuerzo era en vano. Gendo lloraba a borbotones, y decía cosas sin sentido alguno, y ya cuando la urna tenía medio cuerpo dentro, el chico sintió como lo tomaban por ambos brazos, querían alejarlo del féretro de su madre, él se resistía, no podía dejar ir a su madre, quería tenerla para siempre a su lado.
Kotaru chasqueó la lengua enojado, reunió fuerzas y despegó a su hijo como pudo de la urna de su esposa.
-¡No! ¡No!-gritaba Gendo, más su padre lo alejó a trompicones, entre desgarradores lamentos desesperados, le empujó fuera de la carpa cuando estaban próximos a la entrada, fulminándolo de nuevo con la mirada lo volvió a empujar hacia el exterior. A Gendo le castañearon los dientes cuando la fría lluvia lo mojó por completo, apretó las manos y vociferó:
-¿Qué… Qué demonios te pasa?-Gendo sentía la rabia inyectarse en sus venas mezclándose con el dolor, un arrebato de violencia repentina le llenaba-¿Por qué siempre te empeñas en alejarme de lo que realmente amo?-sentía un frenesí incontrolable, una rebeldía jamás experimentada-¿Por qué no vas a esconder tu fachada de hombre frío tras el telón de tú maldito escenario?-el chico sacaba todo de los más profundo de su ser, jamás habló con su padre, y mucho menos le había gritado.
-¡Gendo!
-¡Cállate!-Gendo señalaba a su padre acusadoramente-¡Has silencio Kotaru Fuyusuki! No sabes cuánto me avergüenzo de ser tu hijo-las lágrimas volvían a emerger, se unían a las gotas de lluvia que recorrían su rostro compungido-¡Tú la llevaste al punto más álgido de su tolerancia!-los gritos de Gendo iban unidos a sus sollozos, lo salado de sus lágrimas caía en su lengua, poco le importaban los asistentes que murmuraban sorprendidos la escena.
>>Mi madre era desdichada, se abochornaba de poseerte como esposo y yo pagaba por tus malas acciones, Kotaru ¿Crees que en realidad le gustaba estar lejos de su hogar como lo haces tú? ¡Ella me amaba! Quería estar a mi lado, pero simplemente tu inmundicia la alejaba, la internaba en su trabajo ¡Se sumía en sus partituras cuando tú estabas cerca! ¡Te odio!-Gendo tosió, pues sus gritos en ascenso de tono le irritaban la garganta.
-¡Ya Cálmate!
-¿Cómo es que nunca te diste cuenta?-preguntó Gendo llorando aún más, el agua lo reccoría de arriba para abajo, tenía el kimono todo pegado al cuerpo que tiritaba de frío, luego el muchacho respondió su pregunta con sorna-¡Claro que no! ¿Cómo el poderoso Kotaru Fuyusuki iba a perder el valioso tiempo con su familia, cuando Liquidreams es muchísimo más importante que su esposa y si imperfecto hijo?
-¡Cállate ya idiota!-Fuyusuki reaccionó de manera rápida, se acercó a su hijo y lo abofeteó por partida doble-poco me importa lo que pienses de mi, pequeño imbécil, lo que creas de tu madre me da igual, niño estúpido-Fuyusuki abría y cerraba rápidamente las alas de la nariz evidenciando lo irritado y molesto que estaba, encolerizado, los colores se le habían subido a su cetrino rostro-tú madre murió por ser débil y realmente patética, siempre deprimida, vivía en una irrealidad tangible ¡Ella buscó lo que le tocó…
-¡No hables más de ella así! ¡Cállate! ¡Cállate!
-…Mina tenía miedo de afrontar lo que la realidad es, Gendo-Fuyusuki tomó al muchacho por el kimono y lo sacudió-y esa debilidad, de manera trágica la has heredado tú, hijo mío. No me extrañaría que terminases igual que tú madre.
-¡Suéltame!-Gendo forcejeó hasta librarse de su padre, retrocedió varios pasos, echó una mirada a donde minutos antes estaba la urna, pero ya ésta estaba dentro de la fosa, esperando a que el montículo de tierra se abalanzara sobre ella. La cara se le descompuso aún más, si eso era posible. Giró sobre sus talones temblando debido al frío y rabia a todo lo que le rodeaba. No podía estar frente a su padre un minuto más, caminó lejos, para abandonar el cementerio. Mojándose hasta los huesos llegó a la limosina de su padre, e indicándole al chofer que partieran, no tenía idea que la noche de ese día sería la última que estaría en su casa materna.
No muy lejos, se hacía escuchar en toda aquella explanada, el repetitivo y seco ruido que producen los grillos para alterar el silencio, ese sonido que les provoca lanzar al ambiente cuando precisamente hay un silencio imperturbable y sobrecogedor, rompiendo así cualquier ilusión de paz que pueda sosegar y envolver al individuo que lo esté disfrutando. Parecía, en una escala mucho menor, el constante clamor de un desesperado e irritable claxon de un automóvil cuando está atrapado por varias horas en el infinito embotellamiento vespertino, siendo irónico que allí, tan lejos de la ciudad, el simple sonido de pequeños insectos, provocase recuerdos de situaciones incómodas de la vida diaria en el urbanismo.
¿De dónde provenía ese interminable pitazo? Era poco probable saber el lugar exacto, dar a ciencia cierta con el sitio donde aquel o aquellos grillos se jactaban de sus fastidiosos e insoportables tonos, daba la impresión que el ruido nacía en cualquier rincón del suelo, de los mismos árboles, hasta que caía a trompicones del cielo con una fuerza imparable. Y aunque el sonido ya pasaba a ser mucho más que intolerable, rayando en el límite de la paciencia de ese joven en la tierra tumbado, no se tomó la molestia de moverse ¿Para qué? Si de igual forma los insectos no se callarían, además estaba bien allí, no cómodo, pero si a salvo.
Respiró profundamente en el momento que la brisa empezaba a soplar, sus pulmones se llenador del olor a grava recién cortada, entonces abrió los ojos de golpe, sintió como de forma lenta la mejilla que tenía contra el frío suelo, empezaba a despertar y le escocía, como si le aguijonearan con millones de agujas. Aún allí tumbado miró al cielo color añil, desprovisto de estrellas brillantes, tampoco nubes cubrían el cielo, todo el ambiente que le rodeaba de una forma peculiar y dolorosa le hacía recordar el día que era. Sin poder evitarlo las lágrimas salieron de sus ojos, comenzando a llorar tan pronto y era posible que tan sólo hubiesen transcurrido las tres primeras horas del presente día.
El joven se incorporó y posó la mirada en la enorme mata de hortensias que lo cubría y recordó lo simple de su escondite, de pronto tuvo que felicitarse por no haber sido hallado en veinticuatro horas o algo menos. De manera torpe secó las lágrimas de su rostro, días atrás se preguntaba si alguna vez podría dejar de ser tan débil, y no dejar que el dolor se apoderara completamente de su ser, no quería seguir siendo tan sentimental, sin embargo jamás podría ser fuerte cuando de su madre se trataba, y el aniversario de su muerte había llegado ¿Acaso se derrumbaría todo el tiempo que éste llegase, y cómo no hacerlo? Después de todo, su madre fue la mujer que le obsequió la vida, la única persona que lo había amado y a la que sin saber las razones expresas y claras, junto a su padre llevó a la muerte. Tal vez no le facilitó el cúter con el que Mina Riotaku se cortó las muñecas para dejar que la sangre fluyera hasta su fatídico fallecimiento, tampoco su madre lo acusaba en su carta de despedida, carta a la cual todavía no hallaba sentido concreto. Ya en algunas partes de la misma, entendía lo que su madre quería decir, su padre los había hecho a un lado por su teatro… ¿Ese olvido la llevó a suicidarse?
Volvió a llorar, empezó a caminar, el reloj tal vez marcaba las cuatro de la madrugada ya, no podría saberlo, todo a su alrededor estaba quieto. Por supuesto, la mayoría de las personas que ocupaban el campamento debían estar profundamente dormidas, ensimismados en las fantasías producto de sus sueños. Gendo, recorrió casi todo el campamento. Estaba entre las montañas y el único acceso era por medio de helicópteros, por lo que si no se estaba autorizado, el paso a Eton era restringido. El joven Fuyusuki se detuvo junto a la fogata apagada, caviló un momento y se percató que jamás salió con sus padres a viajes que no tuviesen que ver con el dichoso trabajo de su padre, nunca compartieron, la felicidad no se pasó por la familia Fuyusuki.
Gendo tapó su rostro con ambas manos, apretaba los ojos con fuerza, gemía y sollozaba, quería recordar hasta el más mínimo detalle del precioso rostro de su madre ¡Cuánto la extrañaba! Cada día más que el anterior. Allí parado, solo, devastado, afligido, triste y deprimido deseó con todas sus fuerzas poder estar con su madre y refugiarse en su regazo, llorar con ella, sentirse amado, ser consolado y mecido al sueño más recóndito mientras sus dulces palabras lo embriagaban de alegría. Exhaló todo el aire que le fue posible y recordando las desdeñables palabras de su padre, el destino configuró una posibilidad bastante sórdida delante de Gendo, y sin saber cómo exactamente llegó ante él la imagen de su padre gritándole que terminaría igual que su madre, escogió la opción de hacerle saber a ese despreciable hombre cuanto de verdad tenía de Mina en sí mismo.
Lo sentía, extrañamente podía percibir como el vínculo madre e hijo se agrandaba, se unía mucho más, traspasando la frontera de la eternidad, la muerte volvía a estar presente y los acercaba vertiginosamente por un camino errado. Corriendo, Gendo se dirigió a su dormitorio, los pasos que daba uno por uno lo conducían a la misma meta que alcanzó su pobre madre. Llegaría al fin al lugar donde ella se encontraba, estaría a su lado, y serían felices en algún sitio lejos de todo, y lo más importante apartados de Kotaru ¿Por qué pasaron tantos años antes de dar con la respuesta? Simple solución a su soledad, y no se había percatado de ello. Estaba eufórico, la adrenalina se le inyectó en el cerebro, pronto se reuniría con su madre, y lo haría de la misma manera, sin miedo, probablemente ella no lo sintió, por primera vez en su vida demostraría a su padre que no era un cobarde, no era una persona débil… Pobre Gendo ¿Acaso no podía ver cuán equivocado estaba?
Así pues en su habitación, apartado y encerrado tomó la navaja que usaba para afeitarse, que irónicamente le regaló Obito, ese quien quería protegerle siempre, y que en ese trance el cual transitaba Gendo usaría para arrebatarse la vida. La observó por largo rato, los minutos se le iban de manera sorprendente, no se dio cuenta como los rayos del sol se empezaban a colar curiosos por la ventana de su dormitorio. Extendió el brazo izquierdo y con una temblorosa mano derecha posó el borde filoso en su blanca piel, y sin más hundió la navaja e hizo un corte vertical ahogando un tremendo grito. La sangre empezó a salir desesperadamente, el corazón empezó a acelerarse, aumentaba el ritmo alocadamente, la navaja pasó a herir la muñeca derecha, haciendo su trabajo de forma limpia, un corte derecho sin dudarlo. El filoso objeto cayó al suelo provocando un tintinear siniestro, Gendo se hizo a un lado y resbaló por la pared, temblando, llorando en silencio, la sangre cubrió su ropa y empezaba a hacer un charco en el suelo, agrandándose cada vez más, segundo tras segundo. La integridad de su piel estaba violada, el camino de sus venas estropeado. La respiración entrecortada y la vista en blanco, era iluminada por el sol.
Los labios de Gendo palidecieron al rato, el color de sus mejillas también desapareció, su corazón aumentaba su ritmo tratando de compensar la pérdida de sangre, simulaba a una persona desesperada buscando agua al pasar muchos días de sed, pero ya su trabajo no tenía sentido, la vida de aquel cuerpo pronto se acabaría. Un tiempo después Gendo logró sonreír, pues detrás del destello del sol, la veía con más claridad que nunca, su madre estaba allí…Sin embargo la sonrisa se borró del rostro de Gendo pues ella no parecía feliz de verle, no en ese estado tan paupérrimo, despreciando ya los últimos momentos de su vida, la mujer lloraba, y de un segundo a otro desapareció y escuchó una voz quebrada gritar:
-¡Gendo, no! ¿Por qué…? ¡Gendo, no! ¡Gendo!